Por Jorge E. González Ayala
En agosto de 2022 cumplí cincuenta años… bien vividos, por cierto. Teníamos trece días de haber regresado de Monterrey, después de un año exacto en que fuimos a buscar #UntrasplanteparaPaula con éxito. Estábamos agotados, estaba agotado. El regreso a la Ciudad de México fue cansado y lleno de incertidumbre. ¿Cómo nos iba a recibir la altura y la contaminación? El plan B era Cuernavaca a cuarenta y cinco minutos y casi mil metros menos sobre el nivel del mar.
Eran momentos poco propicios para festejar, aunque motivos no faltaban; Paula estaba bien, sobrevivimos la pandemia y un trasplante bipulmonar en el transcurso. Nos teníamos el uno al otro, a nuestras familias, amigos, una red de apoyo increíble y una nueva vida por delante. Pero el COVID no terminaba de irse, estábamos todavía en burbuja sanitaria, con una nueva rutina de cuidados como familia inmunosuprimida, todavía en seguimiento constante de médicos y especialistas con las obvias visitas hospitalarias, trámites, búsqueda de medicamentos (si, escasean y hay que buscarlos, pagarlos, administrarlos). Además, sin fondos para fiestecitas. Así que partimos pastel con mi madre y familia y dimos gracias de estar bien.
Pero pues ya saben, cumplir cincuenta años trae consigo una carga de corte de caja muy grande. Así que decidí dos cosas que iba a comenzar a hacer y que postergué por mucho tiempo.
La primera, entrarle bien a Mahler. Con la clavadez que acostumbro cuando realmente quiero hacer algo. En esto tuvo mucho que ver el libro de Haruki Murakami y Seiji Osawa, Música, sólo música. Dos genios en sus disciplinas y profundamente conocedores de la música hablan sobre ella, sus grabaciones y directores, comentando sobre Mahler de manera excepcional, (https://elchamuco.blogspot.com/2023/09/musica-solo-musica-de-haruki-murakami-y.html ).
Mi segunda decisión fue empezar a meditar. Híjoles, el Jorge “Zen” era algo que no nunca vi venir. Escéptico por naturaleza y educación, para mi papá el método científico era eje de construcción de pensamiento y vida. Las medicinas alternativas, milenarias, nucleares y de barrio me dan desconfianza, así como casi todo lo que huele a new age.
Por otra parte, el lado ideológico. El Dalai Lama como la Madre Teresa cortejaron dictadores y se apoyaron en sistemas profundamente opresivos. Siempre que lo espiritual se junta con lo económico y político tengo grandes razones para desconfiar. Christopher Hitchens y sus críticas a la religión organizada en su libro God is not Good, es autor de cabecera en mis lecturas. La influencia del Dalai Lama en artistas que admiro como Leonard Cohen y Beatie boys me generaba urticaria. (https://elchamuco.blogspot.com/2008/04/el-tibet-y-el-lama-por-jorge-e.html ). Así que esas búsquedas de espiritualidad o conocimiento interior que me parecían lejanas a la razón estuvieron descartadas por años en mi vida.
Pero todo tiene su momento y fue cuando le diagnosticaron linfangioleiomiomatosis (LAM) pulmonar a Paula, que una de sus mejores amigas nos regaló el libro de Deja de ser tú, de Joe Dispenza, que me di la oportunidad de aprender cosas nuevas.
Ahí estaba el libro sobre la mesa los días en que mi rutina incluía canjear los enormes cilindros de oxígeno, pasear a la perra, atender a Paula convaleciente, hacer muchos trámites del seguro. Los días se esfumaban buscando dónde vivir en Monterrey o fondos para la primera etapa de tres meses en que le harían los exámenes protocolarios. Como el tiempo no me daba, algunas actividades las acompañaba con música de fondo y de pronto me apareció la versión en audiolibro del texto que descansaba en la mesa. Así que los primeros capítulos los escuché mientras lavaba trastes. Entre jabón, tenedores y no dejar quemar los frijoles en la olla fui quitándome poco a poco de prejuicios. Pero todavía estaba muy lejos de meditar.
Fue hasta que llegamos a Monterrey que encontré espacio para leer e ir entendiendo la tesis de la neurociencia y sus métodos. Me pareció interesante el respaldo científico. Eureka, no es brujería, hay investigación seria atrás. Interesante, pensé rascándome la barba. Así que seguí leyendo y subrayando de vez en vez. Fue hasta que regresamos a la Ciudad de México que tomé la decisión de empezar. No pude ni cinco minutos. Jajajaja. Qué les digo, como todo en la vida, tiene su chiste. El famoso libro ya lo leí tres veces. El método me costaba mucho trabajo, hasta que una amiga me dijo, prueba otras formas, Joe Dispenza no te va a limitar. Seguí practicando meditar de diferentes formas lugares, horarios, voces (importantísimo encontrar en internet una voz compatible con tu oído).
Poco a poco fui mejorando, entendiendo mejor. De eso ya tiene tres años, ahora apenas estoy en proceso de convertirlo en un buen hábito de mi vida diaria. Junto con la meditación otras lecturas y podcasts ingresaron a mi vida, Marco Aurelio y los estoicos, y si, el budismo y el tao. Nunca digas nunca.
Si me contrariaba la influencia del budismo en los Beastie boys, siempre me llamo la atención la que tuvo en John Cage, Octavio Paz y Rick Rubin.
Así que ahora medito y busco conocimiento, así como paz interior con gusto. Pensamientos como amor, compasión, empatía espero vayan sustituyendo, los de rencor, ira, envidia, tristeza, frustración.
No quiere decir que Jorge Zen se manifieste todo el tiempo, no es así, nunca fui santo ni pretendo serlo. Lidio con mi oscuridad y momentos bajos como todo mundo. Sólo que ahora me observo de manera diferente, y me siento mejor.
Meditemos entonces.

