Tuesday, October 20, 2026

El viejo y el mar

 


El viejo y el mar

odisea a nuestro interior

Por Jorge E. González Ayala

 

Lectura pendiente durante muchos años por fin leí una las novelas canónicas de Ernest Hemingway (1899- 1961). Admito también que en un momento de vida en que busco conocimiento y reflexión sobre nuestra condición humana. Quiero aprender de nosotros y de mi.

Un viejo pescador se embarca a un pequeña odisea con el único propósito de capturar un gran pez. Tiene la experiencia, el conocimiento y su cuerpo viejo pero curtido aún responde a las exigencias de un oficio de tiempos bíblicos.

 

Como Odiseo, ahorita tan en boga otra vez, el mar representa ese lugar infinito en el que ponemos a prueba y comprobamos al mismo tiempo, nuestra insignificancia ante al grandeza de la naturaleza y finalmente del universo.

 

Al final de la vida, sin las expectativas de juventud, cuando fue campeón de vencidas en los bares locales y se embarcaba en grande barcos y divisaba las playas de la lejana África, ahora este hombre en su humilde bote, con no más herramientas que una porra, garfio, anzuelos, cordel y remos, se lanza solo a la inmensidad del mar.

 

El texto, corto comparado con otras novelas del autor y sus contemporáneos, es cómo se refería él sobre los cuentos, una pelea de box que se gana por kock out. Descripciones de los pescadores saliendo antes de que salga el sol con el sonido de los golpes de los remos sobre el agua del mar. De ahí la búsqueda del tesoro que se esconde en la profundidad al tiempo que el viejo bucea en la profundidad de sus propios pensamientos y memorias.

 

Por fin, el encuentro con ese tesoro del mar, que contrario a la gran ballena de Moby Dick, no es un enemigo, sino un hermano al que respeta profundamente y con el que luchará a muerte varios días sin dejar de sentir compasión por su presa, como la siente por si mismo.

 

Como muchas cosas en la vida que se aprenden con los años, las victorias rápidamente se pueden convertir en fracaso, para dejarnos dónde empezamos, solos, frente a la inmensidad del hermoso y cruel mar de nuestra existencia.

 

(Este texto no uso AI y se escribió escuchando Secret life, de Fred Again... y Brian Eno.https://open.spotify.com/intl-es/album/1FJVbtVFLARPKbn1HepNh1?si=p4hCodbwSYmt8ngG0-KYGg)

Ilustración AI Claude con prompts del autor.

Friday, July 24, 2026

Futbol a pesar de todo

 Por Jorge E. González Ayala

 

                  Cuánta nobleza contiene el futbol, que lo amamos a pesar de todo. Un juego que prácticamente cualquiera puede jugar. Un par de latas en el suelo hacen una portería y otra hace de balón sin siquiera ser redondo y ya tenemos una cancha para jugar.

                  Deporte lleno de magia que desde hace más de un siglo ha ido conquistando el mundo. Producto del colonialismo, sin duda. ¿Y qué? Un deporte sencillo que, como todo, puede llegar a niveles de gran arte.

                  ¿Qué lo hace tan apasionante? La playera que identifica a un equipo con un barrio, una ciudad, una universidad, un estado, un país. El atleta que con una historia detrás de sacrificio, de resiliencia, de familias que migraron y que a través del futbol salen adelante de las condiciones más difíciles. El sueño de todo niño de ser un día como su estrella. 

                  Luego vienen las desavenencias, cuando ese orgullo por la playera se convierte en pretexto de odio, racismo y xenofobia. Cuando el sueño del niño se ve bajo la presión de los sueños incumplidos del padre. Cuando la popularidad de un deporte termina en manos de empresarios sin ningún escrúpulo dispuestos a transgredirlo y explotarlo de todas las maneras posibles a cambio de mayores ganancias.

                  O peor, cuando se mezclan peras con manzanas para darle uso político y revolver con temas donde el deporte no se debería inmiscuir, como las guerras, por ejemplo. Si algo debiera tener el futbol como todo deporte, es el antiguo espíritu olímpico en el que se detenían las guerras para celebrar los juegos. Porque eso es el futbol, un juego, nada más. Lleno de pasión, de batallas metafóricamente a muerte, pero solo es un juego, donde debe ganar el mejor en la cancha, pero a veces no, y ¿saben qué?, tampoco importa, porque es un acto de recreación que nos permitió ilusionarnos, gritar, taparnos los ojos, saltar del asiento o llorar por más de noventa minutos.

                  Es como lo jugábamos de niños, un recreo en el que sudábamos atrás de una pelota sin más deseo que anotar un gol con nuestros amigos. Eso y nada más.





Saturday, April 25, 2026

Meditemos entonces




Por Jorge E. González Ayala

 

En agosto de 2022 cumplí cincuenta años… bien vividos, por cierto. Teníamos trece días de haber regresado de Monterrey, después de un año exacto en que fuimos a buscar #UntrasplanteparaPaula con éxito. Estábamos agotados, estaba agotado. El regreso a la Ciudad de México fue cansado y lleno de incertidumbre. ¿Cómo nos iba a recibir la altura y la contaminación? El plan B era Cuernavaca a cuarenta y cinco minutos y casi mil metros menos sobre el nivel del mar.

Eran momentos poco propicios para festejar, aunque motivos no faltaban; Paula estaba bien, sobrevivimos la pandemia y un trasplante bipulmonar en el transcurso. Nos teníamos el uno al otro, a nuestras familias, amigos, una red de apoyo increíble y una nueva vida por delante. Pero el COVID no terminaba de irse, estábamos todavía en burbuja sanitaria, con una nueva rutina de cuidados como familia inmunosuprimida, todavía en seguimiento constante de médicos y especialistas con las obvias visitas hospitalarias, trámites, búsqueda de medicamentos (si, escasean y hay que buscarlos, pagarlos, administrarlos). Además, sin fondos para fiestecitas. Así que partimos pastel con mi madre y familia y dimos gracias de estar bien.

Pero pues ya saben, cumplir cincuenta años trae consigo una carga de corte de caja muy grande. Así que decidí dos cosas que iba a comenzar a hacer y que postergué por mucho tiempo.

La primera, entrarle bien a Mahler. Con la clavadez que acostumbro cuando realmente quiero hacer algo. En esto tuvo mucho que ver el libro de Haruki Murakami y Seiji Osawa, Música, sólo música. Dos genios en sus disciplinas y profundamente conocedores de la música hablan sobre ella, sus grabaciones y directores, comentando sobre Mahler de manera excepcional, (https://elchamuco.blogspot.com/2023/09/musica-solo-musica-de-haruki-murakami-y.html ).

 

Mi segunda decisión fue empezar a meditar. Híjoles, el Jorge “Zen” era algo que no nunca vi venir. Escéptico por naturaleza y educación, para mi papá el método científico era eje de construcción de pensamiento y vida. Las medicinas alternativas, milenarias, nucleares y de barrio me dan desconfianza, así como casi todo lo que huele a new age. 

Por otra parte, el lado ideológico. El Dalai Lama como la Madre Teresa cortejaron dictadores y se apoyaron en sistemas profundamente opresivos. Siempre que lo espiritual se junta con lo económico y político tengo grandes razones para desconfiar. Christopher Hitchens y sus críticas a la religión organizada en su libro God is not Good, es autor de cabecera en mis lecturas. La influencia del Dalai Lama en artistas que admiro como Leonard Cohen y Beatie boys me generaba urticaria. (https://elchamuco.blogspot.com/2008/04/el-tibet-y-el-lama-por-jorge-e.html ). Así que esas búsquedas de espiritualidad o conocimiento interior que me parecían lejanas a la razón estuvieron descartadas por años en mi vida.

 

Pero todo tiene su momento y fue cuando le diagnosticaron linfangioleiomiomatosis (LAM) pulmonar a Paula, que una de sus mejores amigas nos regaló el libro de Deja de ser tú, de Joe Dispenza, que me di la oportunidad de aprender cosas nuevas. 

Ahí estaba el libro sobre la mesa los días en que mi rutina incluía canjear los enormes cilindros de oxígeno, pasear a la perra, atender a Paula convaleciente, hacer muchos trámites del seguro. Los días se esfumaban buscando dónde vivir en Monterrey o fondos para la primera etapa de tres meses en que le harían los exámenes protocolarios. Como el tiempo no me daba, algunas actividades las acompañaba con música de fondo y de pronto me apareció la versión en audiolibro del texto que descansaba en la mesa. Así que los primeros capítulos los escuché mientras lavaba trastes. Entre jabón, tenedores y no dejar quemar los frijoles en la olla fui quitándome poco a poco de prejuicios. Pero todavía estaba muy lejos de meditar.

Fue hasta que llegamos a Monterrey que encontré espacio para leer e ir entendiendo la tesis de la neurociencia y sus métodos. Me pareció interesante el respaldo científico. Eureka, no es brujería, hay investigación seria atrás. Interesante, pensé rascándome la barba. Así que seguí leyendo y subrayando de vez en vez. Fue hasta que regresamos a la Ciudad de México que tomé la decisión de empezar. No pude ni cinco minutos. Jajajaja. Qué les digo, como todo en la vida, tiene su chiste. El famoso libro ya lo leí tres veces. El método me costaba mucho trabajo, hasta que una amiga me dijo, prueba otras formas, Joe Dispenza no te va a limitar. Seguí practicando meditar de diferentes formas lugares, horarios, voces (importantísimo encontrar en internet una voz compatible con tu oído). 

Poco a poco fui mejorando, entendiendo mejor. De eso ya tiene tres años, ahora apenas estoy en proceso de convertirlo en un buen hábito de mi vida diaria. Junto con la meditación otras lecturas y podcasts ingresaron a mi vida, Marco Aurelio y los estoicos, y si, el budismo y el tao. Nunca digas nunca. 

Si me contrariaba la influencia del budismo en los Beastie boys, siempre me llamo la atención la que tuvo en John Cage, Octavio Paz y Rick Rubin.

Así que ahora medito y busco conocimiento, así como paz interior con gusto. Pensamientos como amor, compasión, empatía espero vayan sustituyendo, los de rencor, ira, envidia, tristeza, frustración. 

No quiere decir que Jorge Zen se manifieste todo el tiempo, no es así, nunca fui santo ni pretendo serlo. Lidio con mi oscuridad y momentos bajos como todo mundo. Sólo que ahora me observo de manera diferente, y me siento mejor.

 

Meditemos entonces.