Friday, July 24, 2026

Futbol a pesar de todo

 Por Jorge E. González Ayala

 

                  Cuánta nobleza contiene el futbol, que lo amamos a pesar de todo. Un juego que prácticamente cualquiera puede jugar. Un par de latas en el suelo hacen una portería y otra hace de balón sin siquiera ser redondo y ya tenemos una cancha para jugar.

                  Deporte lleno de magia que desde hace más de un siglo ha ido conquistando el mundo. Producto del colonialismo, sin duda. ¿Y qué? Un deporte sencillo que, como todo, puede llegar a niveles de gran arte.

                  ¿Qué lo hace tan apasionante? La playera que identifica a un equipo con un barrio, una ciudad, una universidad, un estado, un país. El atleta que con una historia detrás de sacrificio, de resiliencia, de familias que migraron y que a través del futbol salen adelante de las condiciones más difíciles. El sueño de todo niño de ser un día como su estrella. 

                  Luego vienen las desavenencias, cuando ese orgullo por la playera se convierte en pretexto de odio, racismo y xenofobia. Cuando el sueño del niño se ve bajo la presión de los sueños incumplidos del padre. Cuando la popularidad de un deporte termina en manos de empresarios sin ningún escrúpulo dispuestos a transgredirlo y explotarlo de todas las maneras posibles a cambio de mayores ganancias.

                  O peor, cuando se mezclan peras con manzanas para darle uso político y revolver con temas donde el deporte no se debería inmiscuir, como las guerras, por ejemplo. Si algo debiera tener el futbol como todo deporte, es el antiguo espíritu olímpico en el que se detenían las guerras para celebrar los juegos. Porque eso es el futbol, un juego, nada más. Lleno de pasión, de batallas metafóricamente a muerte, pero solo es un juego, donde debe ganar el mejor en la cancha, pero a veces no, y ¿saben qué?, tampoco importa, porque es un acto de recreación que nos permitió ilusionarnos, gritar, taparnos los ojos, saltar del asiento o llorar por más de noventa minutos.

                  Es como lo jugábamos de niños, un recreo en el que sudábamos atrás de una pelota sin más deseo que anotar un gol con nuestros amigos. Eso y nada más.