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Tuesday, January 03, 2012
Mezcal
Por Jorge E. González Ayala
Para reiniciar mis actividades sobre la pantalla ahora que no se usan hojas de papel, escogí un tema con muy poca polémica, el mezcal. Ya tendré tiempo más adelante de ahondar en cosas de más ampula y jiribilla.
De tiempo para acá la gente nice y alter, ha vuelto su mirada al mezcal, otros tiempos mal visto y todavía lleno de mitos, verdades a medias y francos oportunismos, al igual que mi querido y bien amado pulque.
Empecemos diciendo que el mezcal es una bebida espirituosa. Me encanta que le digan así. Supongo que se refieren a que alimenta el espíritu, o lo eleva. Estos términos son auténticas vaciladas, así como muchos que se utilizan para describir vinos, comida e incluso piezas musicales, pero de alguna manera expresan lo que uno siente al someterse a determinadas experiencias sensoriales.
El mezcal como el tequila, es una bebida derivada del agave. Este se muele y sus jugos se fermentan para después destilarse. Del agave azul de Jalisco se hace el Tequila, pero en diversos estados de la República se utilizan otras variedades de agave para hacer mezcal. Una de las maravillas de esta bebida es que el mezcal auténticamente artesanal contiene cientos de variantes que hace de su degustación un hábito que afina el paladar y el olfato. Del tipo de mezcal, pasando por los nutrientes de la tierra y la forma en que se elabora y se almacena, o la familia que lo elabora, cada uno obtendrá cualidades específicas. Se puede usar el corazón o las puntas del agave, utilizar tinajas de concreto, madera o cobre para fermentarlo y destilarlo. Se puede almacenar en barricas de madera o en botellones de cristal. Puede dejarse reposar, añejar o ninguna de las dos y servirse joven, o pasado por pechuga. Con gusano o sin gusano. De poca graduación alcohólica o verdaderos trancazos de alcohol. Servido en jícara o en caballito. ¿Cómo lo va a querer?
Al igual que los tacos, cuando le preguntas a alguien cual es el mejor, todo mundo dice que el de su pueblo o el que le que sirven en su cantina de confianza. Yo digo que la mayoría siempre y cuando respeten los ingredientes y procesos artesanales. Hasta que se legisló la denominación de origen, circulaban muchas bebidas con alto contenido de alcohol etiquetados como mezcal que eran principalmente aguardientes de caña de baja calidad y muy altos en metanoles. Lo mismo pasaba hace décadas con el Tequila. Afortunadamente es una práctica ahora ilegal y muy a la baja. Lo malo es que buena parte de los mezcales llamados “artesanales” (término que no me convence) no tienen certificada su denominación de origen, precisamente por eso, porque es fabricado por familias de campesinos en comunidades muchas veces aisladas o por lo menos sin las oficinas burocráticas necesarias para realizar los trámites. Aún así, pueden ser excelentes productos que respetan el proceso sin rebajar o mezclar la ya dijimos, espirituosa bebida.
Agitar la botella para checar el perlado y la consistencia, que debe ser abundante el primero y espeso el segundo al pegarse en las paredes de cristal, ayuda distinguir los de buena calidad. El olor es importante, desconfía de los muy perfumados, y rechaza los que de plano huelen a caña (un olor parecido al de un ron agrio), de plano son de aguardiente. El color, los trasparentes aseguran pureza, no deben contener sólidos, y no fueron reposados en madera. Aquellos que pasaron por barricas, habrán de contener un sabor ligeramente dulce y con notas de madera. Obvio, los industrializados de grande marcas corporativas que quieren encandilarte con supuestos cocteles están fuera de toda consideración.
Desgraciadamente, la mayoría de los que nos llegan a la capital son caros, en especial los de marcas que ya se han ganado cierto prestigio, pero en sus estado de origen, como Guerrero, Oaxaca o Zacatecas, se encuentran verdaderas joyas sin etiqueta a precios increíbles.
Ahora viene lo bueno. ¿Cómo disfrutar el mezcal? Si lo que quieres es ponerte una peda de spring breaker gringo, la verdad, no desperdicies este querido jugo. No es para echarse shots de hidalgo, ni mezclarlo con sprite. Yo sinceramente creo que es una bebida esencialmente, para platicar con los amigos, en segundo término, es una muy particular agüita para pensar.
Uno de los momentos en que más he disfrutado del mezcal es bajo el calor de las playas del pacífico, con una cerveza fría como chaser. La botella se va vaciando a lo largo de la tarde mientras que la plática avanza y el calor con el bochorno se va borrando conforme tu sangre se aligera.
Otra forma de disfrutar el mezcal es evidentemente comiendo. Por alguna extraña razón algunos establecimientos no ponen la importancia necesaria al maridaje del mezcal, o las cervezas de autor, con el alimento. No estoy peleado con las quesadillitas o sopecitos caseros, pero para hacerle honor a un buen mezcal hay que marinarlo con alimentos a la altura de la bebida. Si me van a ofrecer quesadillas que sean echas a mano de buena masa y queso o huitlacoche que se derritan en mi paladar. No sólo de chapulines vive el hombre, disfrutar de un buen mole, con su arroz rojo y tamalito de frijol, es ideal para degustar buenos mezcales. De ahí pasamos a lo evidente, es una bebida de festejos. Ahí donde ya nos hemos tomado la molestia en el banquete, pues no debe faltar un buen mezcal.
Todo esto sin convertirlo en una bebida “seria”. Su carácter informal es precisamente lo que permite disfrutarlo entre amigos, en grupo, sentir ese calorcito en el rostro, permitir que nuestros ojos se pongan risueños y que los lazos se reafirmen durante una larga sobremesa.
Es una bebida de diurna, de charla, no de borrachera loca. Sin embargo para los fríos nocturnos de invierno, nada como un mezcalito para entrar en calor.
¿Se debe mezclar? La verdad no soy muy fanático, y la mayoría de cocteles a base de mezcal no me agradan, se pierde la esencia de la bebida, que es su sabor. Sin embargo en algunos lugares me han logrado sorprender con combinaciones cítricas harto refrescantes. Apunto aquí el Montes en la plaza de las Cibeles de la colonia Roma, en México D.F.
Gusto esencialmente de los provenientes de Guerrero y Oaxaca. No me he internado a fondo en los que provienen del norte del país pero estoy consciente de que hay algunos muy buenos, especialmente aquellos de zonas desérticas con notas minerales, al igual que los vinos, por ejemplo.
De los que nos venden a los chilangos hay varios, muchos de aparición muy reciente que juntos crean una especie de “nueva ola” del mezcal.
Disfruto mucho evidentemente el Danzantes, joven y reposado. De los mezcales de leyenda procuro siempre tener Nahuyaca, muy suave, ligerito. De tiempo para acá me gusta mucho el Unión, también suave, con poca graduación alcohólica y gentil al otro día. Un amigo me regaló un San Honesto, me gustó su sabor ahumado, desgraciadamente no lo he podido conseguir por mi cuenta. El Delirio hace honor a su nombre y los Alipuses en general son cumplidores, así como el Enmascarado rudo y técnico. En Peces de la colonia Roma probé el Alzado, me encantó, incluyendo uno verde con Damiana. Otros muy curiosos pero no fáciles de conseguir son Qué Dios nos perdone (existe el de 75% hecho de puntas de maguey), Buen Viaje (que vende de puerta en puerta un italiano) y uno que si no me equivoco se llama Rojo Corazón, con cochinilla que lo tiñe de ese color, próximamente de moda en la Condesa.
Los establecimientos a la mano para degustar son La Clandestina. Vayan de día a porbar su larga carta y diferenciar uno de otros, para así adentrarse lentamente en ese gusto culpable que es tomar mezcal. Sólo hay tortas y botanas tipo cazares, divertido pero insuficiente para la calidad de mezcales que trabajan. También de noche me incomoda, las aglomeraciones de hipsters no las creo adecuadas para la plática fraterna. El Mayahuel y Los Danzantes en Coyacán tienen la enorme ventaja de su cocina. Tienen cartas de catas que te permiten probar los productos de diferentes zonas geográficas de la República, todo acompañado de comida deliciosa. Uf.
La Botica, sinceramente no me gusta, sin comentarios. La Nacional me gusta para comprar botellas y llevarlas a mi casa, al igual que La Urbana, a pesar del entusiasmo de sus dueños, el servicio y cocina irregulares espantan para probar la enorme variedad de su oferta.
Por último y como siempre, la mejor recomendación es probar y forjarse cada quien su propia opinión.
Salud.
Tuesday, August 05, 2008
Alejandro Aura
Todos somos hijos del Cuervo
Así pues, hay que en algún momento cerrar la cuenta,
pedir los abrigos y marcharnos…
Despedida, A. Aura
Murió de cáncer Alejandro Aura, allá, en Madrid. Acá nos inundó la noticia de tristeza, poniendo a trabajar la memoria atragantada de nostalgia. Pero lo que más perdurará en mi de Alejandro Aura será la imagen una persona que logra ponerse por encima de los estereotipos, el joven de la colonia Obrera que se convierte en poeta en el taller Juan José Arreola, el intelectual de izquierda que esquiva el discurso panfletario para colocarse del lado del trabajo enfocado en la inteligencia, misma que quedó siempre de manifiesto en ese humor fino que tanta falta entre los que estamos de este lado de la banqueta. El promotor que quería llenar de libros las casas de México, que recuperó y defendió la bohemia como ese necesario respiro lúdico en el quehacer intelectual, el que logró envirar la caja idiota con la chispa del humor agudo, limpio, siempre inteligente que lo caracterizó siempre.
Descanse en paz Alejandro Aura, donde quiera que sea, donde su puro y la copa brinden ahora, hablando de música y poesía. Como casi todos, lo conocí viendo Entre amigos, los domingos. Junto a un jovencísimo Andrés Bustamante, dupla que con una producción pírrica compitieron por primera vez contra los ratings dominicales de Televisa. Tiempos en los que la cultura oficial la dictaba la televisión privada y en un hueco semanal, la inteligencia de Aura pudo desde la verdadera televisión oficial, abrir una ventana de “alternativa” que fue una bocanada fresca para toda una generación de televidentes. Entre amigos abrió brecha para voces frescas en aquella avallasadora maquinaria del priísmo que era la televisión. No dudo en pensar que fue ahí el germén que permitiría más de veinte años después escuchar a personas como Victor Trujillo, Deniese Maerker y Fernando Rivera Calderón, en los horarios AAA de la televisión y radio mexicana. Sin olvidar por supuesto esa popularidad, hasta la fecha innegable de la que goza Andrés Bustamente. Era un gozó verlos juntos, reírse de los clichés de los programas de variedades, premiaciones incluidas, y principalmente de ellos mismos. Sátira de los night shows, lograban acompañados de un elenco diminuto pitorrearse de todos, incluyendo la izquierda a la que, por lo menos Alejandro, dijo pertenecer. Nunca podré olvidar el falso documental en el que un anarquista Club de Tobi, le declaraba la guerra a la monarquía, incluyendo a los tres Reyes Magos. Fue también una ventana en la que pudimos ver a Botellita de Jerez, Las Insólitas Imágenes de Aurora, El Tri, Guillermo Briseño e innumerables artistas que tenían cerradas las puertas del mainstream de los medios y nuestra farándula. Fue en la televisión un Quijote alternativo montado sobre la televisión gubernamental.
Más tarde, cuando tuve edad, conocí y prácticamente viví en El Hijo del Cuervo, el bar que había nacido como continuación mejorada y aumentada del original Cuervo en Coyoacán. Nació el concepto “culti bar”, imitado tantas veces con irregulares resultados. Fue El Hijo del Cuervo auténtico centro de reunión de la izquierda rosa de la época. Tertulias bañadas de vino, cubas y plática fueron el menú y razón de ser en aquellos años. Ahí fue donde XE Bubulú y el Gabinete del profesor Güiri Güiri fueron el germen de lo que harían más tarde en la televisión. Fue lugar también de propuestas que abarcaban lecturas, presentaciones de libros, son, rock y todo aquello que buscara un espacio. Mucho le deben lugares como El Vicio (antes Hábito), Rockotitlán, LUCC, Atrio, Las Hormigas, Péndulo y similares al Hijo del Cuervo de aquellos años. Por mi parte, si lo tuve en mente a la hora de abrir Pasagüero. Generar un espacio dónde programar propuestas interesantes a mi gusto e interés. De paso generarme un modus vivendi cercano a mis inquietudes intelectuales. En ese sentido creo que todos somos hijos del Cuervo, así sea sólo oficial el hijo que aún pernocta en el centro de Coyoacán.
Pero no queda ahí el legado de Alejandro Aura, como promotor me tocó ver su esfuerzo como primer director del entonces Instituto (ahora secretaria) de Cultura del Distrito Federal. Había gran entusiasmo por la primera elección de jefe de gobierno y por una primer administración en ese entonces, de lo que se suponía era un partido de izquierda. Era además la “cultura”, una de las trincheras desde donde se había dado la batalla por elecciones libres en el país. Fue Alejandro Aura un director inteligente que supo evitar las tentaciones dogmáticas que deseaban impulsar un proyecto cultural que impusiera un ideario de izquierda sesentera y trasnochada. Atajó los ataques de aquellos que soñaban con una revolución cultural, lejana a la apertura que un gobierno democrático debía tener. Muchos y diversos proyectos albergó la secretaría de cultura. También polémicos y con resultados diferentes. El más visible, fue la apertura del Zócalo capitalino a los conciertos y eventos culturales, quitándole el lastre cívico corporativo que durante 70 años de priato había anquilosado a la plaza mayor. Otro, al que le tuvo Aura un enorme amor fueron los libro clubes. Era su sueño que de una manera comunitaria el gusto por la lectura se insertara en los hogares de los capitalinos y puso todo su esfuerzo en ello. Hubo otros como el faro láser en Paseo de la Reforma que fracasaron rotundamente. Sin embargo se notó y se extraña su esfuerzo, porque más tarde la cultura dio paso a la ambición electorera y ahora, peor aún, a la trinchera del despechado por las elecciones que no le favorecieron.
Se fue Alejandro Aura con sus poemas por delante, con su olor a tabaco. Se fue un dandy, un hombre de su tiempo comprometido con sus ideas. Se fue un ejemplo de inteligencia, buen gusto y sobre todo buen humor. Hacen falta más hombres que como él, toman la vida como escenario de un gigantesco cabaret, dónde son actores y público a la vez, y donde la razón de ser parece que es convivir por esta corta noche que es la vida, con los que uno quiere, entre comida, copas, canciones y poemas. Una noche en aquel Hijo del Cuervo donde reímos, comimos y lloramos con nuestros mejores amigos. Gracias Alejandro Aura por tu ejemplo, gracias por grafitear sobre el muro de los solemnes tu nombre. Te extrañaremos.
Hago una caravana a las personas que estoy echando ya tanto de menos,
y digo adiós.
Alejandro Aura (1944-2008)


